Mi hermana pequeña


En unos días, el próximo sábado, se cumplirá el primer mes desde la muerte de mi hermana pequeña, Carmen, el 13 de julio de 2005. Desde entonces no había podido/querido escribir aquí. Es cierto que muy pronto sentí la necesidad de fijar mis sentimientos y pensamientos en el papel, pero no en el blog sino sólo para mí y mis seres más cercanos. Escribí un cuento.

Carmen era verdaderamente increible y se ha ido igual que vivió: apurando la vida al máximo, sin tiempo para pensar ni hacerse a la idea ni acostumbrarse. Hoy estoy y soy feliz, mañana no me busques porque ya me habré ido.

Y, sin embargo, los 27 años que hemos compartido, al igual que los otros 27 que estuvimos con Dolores, han sido lo mejor que nos ha podido pasar, la mayor suerte; y el recuerdo de su forma de ser, de superar los problemas, de enfrentarse a la vida, de ayudar a los otros... ha sido, es y será el mejor ejemplo.

Aquellos que estuvieron en el funeral seguro que recordarán el sermón del párroco. Mi primo político, Pepe, comentaba a la salida que si los curas hablaran de la forma en que Joan Bauzà lo hizo aquel día y dijeran las cosas que él dijo, las iglesias estarían llenas. Y es cierto.

De hecho, aquel día llegué a la conclusión de que un cura es como un columnista (o un blogger): los hay buenos, regulares y malos; unos te aportan algo y te hacen reflexionar, otros repiten lo oído tantas veces y te dejan indiferente; en definitiva, si tienes la suerte de descubrir uno de los primeros no me extrañaría que tu opinión sobre la religión y la iglesia cambiase.

Bien, desde el principio supe que cuando volviera a escribir en el blog hablaría sobre Carmen, y además tenía claro que en lugar de hablar yo lo harían otros en mi lugar, que transcribiría el sermón de Joan Bauza y la carta abierta publicada en dos diarios locales, escrita por una de sus mejores amigas, Cati. Posiblemente os suceda como a mí: os quedéis sin palabras y comprendáis que, ciertamente, Carmen y Dolores eran especiales.


CARMEN GARCÍA RAMIS D’AIREFLOR
Parroquia San Alonso, 15 julio 2005

27 años. Muerte.
27 años luchando contra la muerte con unas ganas enormes de vivir.
A año y medio de otra muerte hermana. La muerte de Dolores.
Dolores y Carmen, Carmen y Dolores. Las dos muriendo a la misma edad, 27 años.

No estoy en condiciones de intentar dar explicaciones racionales respecto al final de esta existencia.
Se ha dicho que el hombre es el animal de la palabra, el único animal que dispone de la palabra. Debe de ser verdad.
Y sin embargo hay ocasiones que el hombre se queda sin palabra. Se queda sin palabra, porque no la hay.

Frente al dolor, y sobre todo frente al dolor del inocente, no hay palabra. Ni humana ni divina. Es, en los humanos, la garganta que se atraganta de impotencia. Y Dios que es el único que podría hablar, calla. Es el silencio de Dios.
Es el mismo silencio denso que se hizo a las tres de la tarde sobre la colina del Gólgota, el viernes que de la cruz pendía Cristo. Tampoco ese día, ante aquella muerte injusta, el Padre Dios habló.

Y si ante la muerte de su hijo Jesús y ante la muerte de su hija Carmen Dios opta por el silencio, qué puedo hacer yo a favor de estos padres y de estos hermanos?
Puedo hacer lo mismo que todos los que llenáis esta tarde este templo les estáis ofreciendo: compañía, cercanía, proximidad, abrazo, alguna lágrima y todo el silencio.

Y sin embargo, intuyo que todo el silencio fuera excesivo.

Me atrevo a pensar que entre tanta espesura y oscuridad, tres palabras tienen que decirse. Tres palabras que dan nombre a las tres herencias que su vida nos deja:
Primera herencia: La positivización de la vida. Ella hizo una apuesta decidida. por ver el lado positivo de cada día, de cada momento, en todas las situaciones. Aprovechó, agradecida, todo lo bueno que los días le iban ofreciendo, y encajó con dignidad todos los sinsabores que en harta abundancia otras jornadas le depararon.
Segunda herencia: La entrega a los demás. Entendió que sólo se puede ser feliz en la medida que se hace felices a los demás. Fue buena Carmen, y afable y amable y compañera de muchas rutas ajenas. Uno de los ejemplos más evidentes de esta lucha es la carta que escribió a su hermana dolores en la navidad siguiente a su muerte. Le decía: “Lo que más me ha costado es aprender a vivir sin ti”. Pero luchó por este aprendizaje.
Tercera herencia: La lucha. Nunca aceptó vivir acomplejada. Luchó. Hasta por un título luchó y obtuvo el de Trabajadora Social. Una lucha tanto más heroica cuanto porque casi siempre era en condiciones adversas. Acepto que ante la muerte, la muerte joven y la muerte sorpresiva el silencio es más digno que la palabra. Y sin embargo, en este caso de Carmen, estas tres palabras exigían ser dichas: positivar la existencia, ofrecer la vida a los demás y luchar el propio ser.

No puedo ni quiero olvidarme que nos encontramos en un templo, en este caso en el que ella fue bautizada y confirmada. Nos encontramos en el templo de Dios. El Dios que no habla, como no hablan sus familiares y como no hablamos nosotros. Un Dios que no habla pero que sufre. Como sufren sus familiares y sufrimos nosotros.

Estamos tristes, pero no estamos solos. Estamos todos: ella, nosotros y Dios.
Inexpresivos, pero juntos.
Callados, pero cercanos.
Apaleados, pero no vencidos
Impotentes, pero esperanzados.
Oh Dios, con el recuerdo entrañable de nuestra hermana Carmen, nos postramos ante Ti con los abrazos abiertos. Sosteniendo, fuerte, en una mano el duro golpe de su muerte, sosteniendo, fuerte, en la otra, el estimulante testimonio de su vida.

Nosotros estamos aquí, nuestra vista lo comprueba
Dios está aquí, nuestra fe lo confiesa.
Y también tú, Carmen estás aquí.
Quizá sólo tú dispones de palabras.
Úsalas.
Seguro que, tan buena como fuiste, estarás cerquita del buen Dios.
Susurra a sus oídos nuestros nombres.
Pronuncia despacio cada uno de los nombres de quienes nos encontramos aquí, empezando por los nombres de tus familiares y terminando por el último de tus amigos.

ESTANDO EN EL CIELO, TÚ YA SABRAS REZAR MEJOR:
REZA POR NOSOTROS

Joan Bauzà


Cartas al Director
Ultima Hora, 18 de julio de 2005
A Dolores y Carmen García Ramis de Ayreflor

¿Cómo nos habéis dejado tan solas? El 24 de diciembre del 2003 nos dejabas, Dolores, a los 27 años a consecuencia de una larga enfermedad y como bien podrás suponer nos dejaste un gran vacío entre tus amigas de “Ses Estacions”. Tu saber estar, tus suaves maneras... toda tú eras única. Todo este tiempo sin ti ha sido un camino largo y muy duro.

El pasado miércoles día 13 nos dejabas, Carmen, por el mismo motivo que nos había dejado tu hermana y también a los 27 años. Todo lo que habíamos pasado por tu hermana ahora tú nos lo estás haciendo pasar: estamos reviviendo otra vez por ese infierno que es perder a una amiga.

Sabemos muy bien que tú, Carmen, habías escrito una carta a nuestra Dolores diciendo que lo más duro estaba siendo vivir sin ella. Y yo te digo ahora que si duro era vivir sin una de vosotras más duro será vivir sin ninguna de las dos.
Todos nosotros hemos hecho todo lo posible estos días para acompañar a vuestra familia en este dolor que nos unía: Patricia, Matilde, Xisca, Sandra, María del Mar y yo (tus amigas de “Ses Estacions”), Marga y Antonia (de la UIB), y Carmen y Joan (de Confirmación), sufriendo estos últimos desde la lejanía en Oporto y Londres. También debo mencionar a Paco “el ambulanciero” y Toni de Muro, un gran ejemplo de bellísimas personas.

Amigas y primitas (porque sí que somos primitas), conoceros ha sido lo mejor que nos haya podido ocurrir. Vuestra lucha continua por la vida, por ser mejores personas, por ser felices y hacer felices a los demás... estas son algunas de las grandes lecciones que nos habéis enseñado a lo largo de estos años.

Deciros también que en este tiempo y sobre todo en estos últimos días vuestra familia se ha portado muy bien con nosotras. Estamos muy contentas de haberles conocido. Por mi parte agradecer a vuestros padres, hermanos, cuñados y tíos por esas palabras alentadoras que nos han ofrecido en todo momento y a vuestros primos Santi y Clara por estar allí siempre.

Allí donde estéis, sabed que os queremos con locura, que si alguna vez nos equivocamos con vosotras, os pedimos una y mil veces perdón. Y que todo siga como antes: discutiendo por la emisora de radio, por la música que queríais escuchar, por quién pone el lavavajillas y por todas esas cosillas...

Un besazo enorme a cada una.
CATALINA Mª BENNASSAR I GRIMALT

2 comentarios y referencias

  1. Quizá sería mejor el silencio, hay ocasiones en que por muchas palabras que se quieran regalar, ninguna está a la altura.

    Imaginaba que escribirías sobre tus hermanas, lo que me sorprende es no ver el cuento que escribiste tú, sino el sermón que ya escuché en el funeral. De nuevo, casi me ha hecho llorar, como aquel día. Quizá tengas parte de razón en lo que dices de la religión, aunque tengo mis dudas.

    No la conocí, pero siento su muerte también. De una manera muy distinta a los que sí la conocieron, pero la siento. Lloré en el funeral, no con el sermón, sino cuando pasé por delante de vosotros y vi vuestro dolor. Me sentí pequeña, insignificante, me escondí mientras asomaban las lágrimas.

    Quizá esto no sirva de nada, probablemente te lo han dicho mil veces. No intentaré consolarte, ni repetiré las frases dichas mil veces. Ahora ya sabes lo que siento y donde estoy.

  2. Gracias Magdalena. Ya conocía tus sentimientos y me alegra saber donde estás, tan cerca. Yo no me considero especialmente religioso y menos aún en una acepción "tradicional", sino que entiendo la religión en un sentido digamos más humanista y, por eso, me sorprende y me alegra encontrar personas dentro de la Iglesia, más progresistas y humanas que el estereotipo de cura que tiene mucha gente.

    PS: Quizá más adelante publique el cuento (aunque ya te adelanto que desde luego no está a la altura de tus textos).