
Cada vez que Oliva Trencada han tocado este verano -y no han sido pocas- me los había perdido por uno u otro motivo. Pero el pasado viernes 3 de agosto, aunque fuera por los pelos -llegamos tarde, como de costumbre- y en tiempo de descuento, pues parece que por el momento no hay nuevas actuaciones a la vista, al final, me pude desquitar con medio repertorio.
La escondida placita de l’Obra de Sencelles donde tocaron definió el espíritu íntimo y casi familiar del concierto. Íntimo porque al lugar sólo cabía llegar de oído, esto es, escuchando con las ventanillas del coche bajadas; y familiar tanto por el espacio en sí, un pequeño rincón al final de una callejuela a la sombra de la iglesia, como por el público asistente al mismo: las gentes del lugar y algunos de los aficionados habituales, que somos capaces de coger el coche exclusivamente para ir a ver tocar a alguien en cualquier parte de la isla. Esto que digo no alberga ninguna intención peyorativa sino todo lo contrario, son cosas que contribuyen a hacer más especial el concierto.
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