Reflexiones de domingo

Dos cosas me llamaron la atención en El Mundo de este último domingo: Comprobar como al final se han decidido a tratar el desagradable asunto del que hablaba la semana pasada; y el artículo de la sección Nueva Economía firmado por Jesús Cacho, “Los ‘Paracaidistas azules’ y el fracaso de la Transición”. Sobre lo primero no hace falta decir más, sólo que ya era hora; sobre lo segundo…

Desde luego no estoy de acuerdo con la mayor parte de su contenido. Como seguramente muchos españoles, no tengo un conocimiento profundo sobre la Historia reciente de España; de estudiante, en el colegio prácticamente no se habló nada sobre ello; después, tampoco me ha interesado lo suficiente como para profundizar en su estudio. Así que, desde mi ignorancia confesa sobre el tema, únicamente me atrevo a hablar en base a mi experiencia personal, mi percepción sobre lo que fue y sucedió en aquella época.

Recuerdo aquel tiempo como emocionante y lleno de ilusión, alegre incluso, de convivencia y respeto; donde aunque pudiera haber gente con intereses oscuros (por desgracia siempre la hay), la mayor parte de los que estuvieron en primera línea (no sólo nacional sino también local) eran personas íntegras que se arremangaron y se pusieron a trabajar por el interés común, no por el suyo propio pues muchos disfrutaban de éxito profesional. En esto estoy bastante de acuerdo con el artículo, no así con la teoría de la inevitable semilla del mal.

En resumen, lo que el Sr. Cacho parece proponer es que la baja calidad de la clase política en general, la corrupción, el abuso de poder, la insolidaridad, el todo vale…, en definitiva, todos los males que aquejan nuestra sociedad actual, son fruto de una suerte de virus azul, contagiado al proyecto en su fase prenatal y que ha ido creciendo generación tras generación y extendidéndose desde el corazón (Madrid) a todas las extremidades (las Comunidades Autónomas).

Yo no lo creo. En mi opinión, cada cual es responsable de sus propios actos y si, por ejemplo, en Barcelona, Bilbao, Sevilla, Valencia o Palma existen estos males es, sencillamente, porque allí también hay personas mediocres que practican la política (o los negocios) sin ningún miramiento, exclusivamente para su beneficio personal o el del clan al que pertenecen. Y de los actuales dirigentes (elegidos democráticamente por nosotros mismos, no lo olvidemos) y de sus actos, no tiene la culpa ningún azul.

¿De verdad la Transición Española fue (ha sido) un fracaso? ¿De verdad, como dice Alberto Villanueva, no hubo protagonistas sino una caterva de actores secundarios con ínfulas de grandeza y un argumento improvisado, fruto del azar, el curso de los acontecimientos y los americanos? ¿De verdad de aquellos polvos tenemos hoy estos lodos? Yo no lo creo.

Veamos, ya he expresado mi opinión sobre la mediocre sociedad en la que vivimos, pero igual que no admito la idea de la semilla del mal, tampoco puedo estar de acuerdo con esta otra del destino inevitable.

Coincido, sin embargo, con el Sr. Cacho cuando dice en el último párrafo de su columna que “A nadie parece interesarle abordar los cambios constitucionales necesarios no para dar más poder a las élites locales, sino para hacer un país más habitable, menos corrupto, más rico, más libre, más abierto, con verdadera separación entre lo público y lo privado, y donde el talento y el esfuerzo personal sean enaltecidos como méritos imprescindibles para el acceso a la riqueza.”

Mi teoría es que el problema del buen gobierno, dada la condición egoista del ser humano, no es tanto filosófico como práctico. A veces pienso que, en definitiva, se trata de un problema de escalabilidad del modelo. Nuestro modelo de gobierno democrático, al igual que el del resto de países, parece correcto y funciona en el plano teórico, pero no se escala convenientemente. Es decir, cuanto mayor y más diversa y compleja es la sociedad y sus individuos, peor funciona.

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